El primer día nada más llegar volamos en la Portada. Para volar allí es imprescindible que el viento este fuerte, de lo contrario es peligroso salir a volar pues sólo hay una posibilidad de aterrizar en la pequeña playa que hay debajo del acantilado que hace de despegue. El resto de 8 km de ladera son acantilados donde si pinchas vas al mar, y de la manera que chocan las olas contra las rocas, no me hubiese gustado aterrizar allí. Recuerdo cómo Trino, con su gran control de la vela, fué el primero en sujetar su parapente ante el fuerte viento y salir a volar en aquel sitio desconocido para él. Yo ya sabía que era un gran piloto, el resto del grupo apenas lo conocía y se quedó gratamente sorprendido de ver como movía el parapente en el suelo mientras a mi me arrastraba por la arena a muchos metros porque no había forma de sujetarlo.
Si el día fué intenso la noche no lo fué menos. Los "piscos" con coca cola animaron la velada en una sala de fiestas, donde la gente celebraba sus cumpleaños y disfrutaba del fin de semana. Cuando el cantante del grupo de música que animaba la noche nos preguntó quién éramos los miembros de esa gran mesa que no parábamos de reír y que estaban acabando con la reserva de pisco del país, yo, sin cortarme un pelo, le conteste que eramos la Selección Española de Parapente que estábamos entrenando en aquella ciudad para un campeonato internacional. El aplauso de la discoteca fué sonoro y desde aquel momento las miradas de las mujeres se hicieron menos disimuladas y a nosotros se nos subió el pavo. Desde aquí quiero pedirles con dos años y medio de retraso perdón a la Seleccion Española de Parapente por ursurpadores. Al final de la noche, e invitados a los últimos "piscos" por el dueño del local nos acompaño a la puerta y nos brindó su local para fiestas posteriores, que nunca llegaron.
Ese día comenzó el hermanamiento entre los pilotos de Antofagasta y los de Murcia, y fué el último buen día de un viaje inacabado.










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